A veces sentimos como si la ilustración hubiese comenzado a crear un espacio propio en muy poco tiempo, y eso está bien y es interesante, sin embargo lo que ocurre con esta disciplina, creemos, es un poco más complejo que un volumen mayor de ventas y la consolidación de un público, que sería la consecuencia de un proceso que está lejos de ser espontáneo. Esto tiene que ver con aspectos fundacionales.

Quien haya revisado revistas antiguas, puede notar que la publicidad, hasta las primeras décadas del siglo XX, se valió exclusivamente de la ilustración, que fue la imagen primigenia que acompañó a los avisos. Por un lado, la fotografía aún no era una técnica validada para este tipo de trabajos creativos. Recordemos que recién en la década del 20, se comenzó a masificar -al menos en Chile – su uso en el registro periodístico. Este avance constante de la imagen fotográfica y la imagen cinematográfica, comenzaría a desplazar y arrinconar a la ilustración y a la animación a dos tipos de productos (y por lo tanto tipos de públicos): aquellos dirigidos a la infancia y en las publicaciones de humor, con la clara excepción de algunos elementos publicitarios que la mantuvieron como herramienta. No obstante, la ilustración no era reconocida ni valorada como disciplina independiente, se le consideraba como un mero acompañante de un mensaje, un elemento decorativo.

 

Esta función, que estaba lejos de dignificar el verdadero mensaje o la verdadera función de la disciplina, se encontraba un poco más equilibrada, en cuanto a peso de significado o al menos de conciencia en su uso, en el libro-álbum o álbum ilustrado, expresión que se comenzó a desarrollar con mayor fuerza en la década de los 50s y 60s y que se caracteriza por la fuerte complementación entre ambos elementos narrativos en la construcción de una historia.

 

Este panorama continuaría igual hasta la primera década del nuevo siglo, momento en que todo se encuentra en estado de rápida mutación debido a la irrupción en todas las áreas de nuevos avances tecnológicos que provocaron que el mundo de la creación se polarizara entre aquellos que abrazaban lo digital y apostaban por la ultra-tecnologización de su obra; y aquellos que realizaban nuevas lecturas de la tradición y ahondaban en lo análogo.
Nos aventuraríamos a decir que parte de lo que sucedió con la ilustración surgió de ese debate o de esa encrucijada entre lo digital y lo análogo. La disputa, además de abrir nuevas posibilidades técnicas para la producción y difusión de la obra, dio la oportunidad de entender, para el artista y para el público, que el valor de la ilustración se encuentra en que es un mensaje que no sólo decora una historia, sino que es narración en sí misma, y se sostiene a sí misma, es decir, es absolutamente independiente y, en conclusión, es una disciplina que opta por reunirse con otras expresiones, sin nunca ser esto, una condición de su existencia.
¿Qué crees que sucedió con la ilustración? ¿Existirán aún algunas expresiones creativas que actualmente sus contenidos sean menospreciados? ¿Cuáles serán las disciplinas del futuro? Cuéntanos tus impresiones dejando tu comentario.

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